La estatua de Jesús en la plaza de la villa era el orgullo de un pequeño pueblo en Europa. Sin embargo, durante la Segunda Guerra Mundial bombardearon la ciudad y entonces los habitantes del pueblo recogieron los pedazos de la estatua destruida y con cuidado la reconstruyeron lo mejor que pudieron. Al terminar de pegar todos los pedazos, solo les faltaban las manos de Jesús. Así que colocaron una placa en la base de la estatua con la siguiente inscripción: Ahora somos las únicas manos que tiene Jesús.
¿Cómo podemos ser las manos de Jesús para nuestros amigos y vecinos que están pasando por una crisis en la vida? Nuestro deseo de ayudar es sincero, pero muchas veces no sabemos cómo hacerlo. «¿Cómo puedo ayudar?» es una pregunta inútil. La verdadera ayuda viene al sentir el dolor del otro, ver la necesidad y actuar en consecuencia.
Prestar ayuda es un ministerio de aliento, es darle ánimo a alguien en sus horas oscuras. La meta es acercarse y cargar los sufrimientos de nuestros amigos.
Una obra de amor que realiza alguien que se interesa por nosotros es «Jesús revestido de piel».
Los momentos difíciles son un factor de la vida. Es probable que ya hayas tenido tu parte. Y es posible que el futuro tenga nuevos desafíos para ti y para quienes amas. Cristo nos dice: «En este mundo afrontarán aflicciones, pero ¡anímense! Yo he vencido al mundo» (Juan 16:33 NVI). No olvidemos nunca el privilegio de estar llamados a ser un espejo diario de Jesucristo y a ser sus manos de ayuda para un mundo herido.
En medio de las crisis dar abrazos de Dios: Nuestro modelo bíblico
Las crisis tienen muchas caras en nuestra vida, incluyendo la pérdida de un ser querido, enfrentar una seria enfermedad, un problema de adicción, cambio de trabajo, mudanza, o divorcio. Algunas crisis son devastadoras y cambian nuestra vida para siempre. Otras son tensas, pero a la larga dan resultados beneficiosos. Con frecuencia, las crisis nos hacen empezar de nuevo. Todas las crisis pueden parecer abrumadoras.
Por definición, una crisis es un punto de cambio. La gente en crisis se siente impotente y desesperada. Vive al borde de la desesperanza, generalmente sintiéndose sin fuerzas para cambiar su situación. La tensión es paralizante. Los caracteres que representan la crisis, en el idioma chino, significan peligro u oportunidad. Una crisis puede destruir a alguien o fortalecer a una persona. El punto que marca la diferencia depende de cómo encaremos la crisis; y cómo encaremos la crisis depende, con frecuencia, del tipo de apoyo que recibamos.
¿Es mi fuerza la de las piedras, o es mi carne de bronce? ¿No es así que ni aun a mí mismo me puedo valer, y que todo auxilio me ha faltado? Job 6.12-13.
Dios le promete a sus hijos que las crisis de la vida no los destruirán. Él estará a nuestro lado para consolarnos y llevarnos a través de esos momentos difíciles. El Espíritu Santo también se menciona como el consolador que se acerca para ayudar o apoyar, es el abogado. Acercarse para consolar a otros es nuestro modelo bíblico de ministerio.
Nos vemos atribulados en todo, pero no abatidos; perplejos, pero no desesperados; perseguidos, pero no abandonados; derribados, pero no destruidos. Dondequiera que vamos, siempre llevamos en nuestro cuerpo la muerte de Jesús, para que también su vida se manifieste en nuestro cuerpo. 2 Corintios 4:8-10, NVI
Regalos del corazón
Con regalos se abren todas las puertas y se llega a la presencia de gente importante. Proverbios 18.16 NVI
El tema que corre a lo largo de estas verdaderas experiencias de la vida, es un regalo que puede tomar varias formas. Abrir la puerta a la sanidad, a las relaciones interpersonales, a la fe; el regalo es una ofrenda que se da sin compensación. No queremos nada a cambio. Estos no son regalos que puedan comprarse en una tienda, como se hace en nuestra cultura. No depende de nuestros recursos, estos son regalos de tiempo, compasión y sensibilidad. Por lo general, la gente que tiene menos tiempo y dinero, es quien más da a los demás. Los regalos descritos en estas páginas provienen del corazón y transmiten el mensaje: «Conozco y reconozco tu dolor. No estás solo. Aquí estoy yo».
La cadena de compasión
Somos los eslabones en la cadena de compasión de Dios. Él nos consuela en nuestros sufrimientos para que podamos consolar a otros. Somos más sensibles a los sufrimientos de los demás, cuando personalmente hemos experimentado el mismo dolor. Las experiencias son las gafas que Dios nos da para ayudarnos a ver con claridad. La experiencia del sufrimiento nos refina como al oro. Nadie sabe lo que representa el dolor por la pérdida de un hijo, como los padres que también sufrieron la misma pérdida.
Solamente una viuda comprende a cabalidad la desesperación de una viuda reciente, y el hombre mejor capacitado para ayudar a un amigo que acaba de perder el trabajo es aquel que también ha estado desempleado. La pieza crítica para ayudar a los demás es la habilidad de ver y sentir su dolor, de comprender lo que en realidad está pasando la persona en crisis. Tenemos un Dios que nos consuela personalmente, nos revive en nuestra desesperación y decide usar personas específicas como eslabones en Su cadena de consolación.
Tomado de la revista "Enfoque" número 26
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