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La minúscula semilla de mostaza que se convirtió en un gran árbol
Ruth Doris Lemos

La minúscula semilla de mostaza que se convirtió en un gran árbol

 


Sentado a su mesa de trabajo un domingo de octubre de 1780 el consagrado periodista Robert Raikes trataba de concentrarse en el editorial que escribía para el periódico de Gloucester, propiedad de su padre. Fue difícil para él fijar su atención en lo que escribía, pues los gritos y las palabras obscenas de los niños que jugaban en la calle bajo su ventana constantemente distraían sus pensamientos.
Cuando los niños comenzaron a pelear acaloradamente y las amenazas se volvieron agresivas, Raikes consideró necesario ir a la ventana y llamarles la atención. Ellos se calmaron por algunos minutos, pero luego volvieron a sus peleas y gritos.

Robert Raikes contempló el cuadro que tenía en frente mientras escribía un editorial más para pedir reformas en el sistema carcelario. Él informaba a las autoridades sobre la necesidad de recuperar a los reclusos, de rehabilitarlos mediante el estudio de cursos útiles mientras cumplían sus condenas, para que al salir de la cárcel pudieran hallar un empleo decente y volverse ciudadanos útiles a la comunidad. Alzando los ojos por un momento, pensó en el destino de los niños de la calle; pequeñitos que se criaban sin la posibilidad de estudiar para tener un futuro diferente al de sus padres. Si continuaban de esa manera, muchos sin duda caerían en vicios y sólo conocerían la violencia y el crimen.

La ciudad de Gloucester, en el centro-oeste de Inglaterra, era un polo de grandes industrias textiles. Raikes sabía que los niños trabajaban en las fábricas con sus padres, de sol a sol, seis días a la semana. Mientras los padres descansaban el domingo del trabajo arduo de la semana, los niños quedaban abandonados en plena vía pública y haciendo de las suyas. Deambulaban por las calles y plazas, jugando, peleando, perturbando el silencio del sagrado domingo. En aquel tiempo sólo había escuelas privadas en Inglaterra, que era privilegio de las clases más pudientes. Así, los niños pobres no podían estudiar ; trabajaban todos los días en las fábricas, menos los domingos.

Raikes se sintió atribulado al ver crecer de esta manera a tantos niños desafortunados; sin duda, al alcanzar la mayoría de edad, muchos de ellos caerían en el mundo del crimen. ¿Qué podía hacer él?


POR UN FUTURO MEJOR

Sentado a su mesa, y meditando sobre esta situación, tuvo una idea. Decidió hacer algo por los niños pobres que cambiara su manera de vivir para ¡garantizarles un futuro mejor! Poniendo a un lado su editorial sobre reformas en las cárceles, comenzó a escribir acerca de los niños pobres que trabajaban en las fábricas, que no tenían oportunidad de estudiar y de prepararse para una vida mejor. Cuanto más escribía, tanto más pasión sentía por su plan de ayudar a los niños. Decidió en este primer editorial llamar sólo la atención sobre el deplorable estado de los pequeñitos, y en el próximo presentar un plan que ya tomaba forma en su mente.

Cuando leyeron su editorial, hubo quienes sintieron lástima por los niños; otros consideraron que el periódico debía ocuparse de temas más importantes que los niños, ¡sobre todo, esos niños de obreros pobres! Pero Raikes tenía un sueño, ¡y éste llenaba cada vez más sus pensamientos! En el próximo editorial, expuso su plan de comenzar clases de alfabetización, lenguaje, gramática, matemática y religión para los niños, durante unas horas del domingo. Hizo un llamado mediante el periódico a las mujeres preparadas intelectualmente y dispuestas a ayudarle en este proyecto, para que dieran clases en sus hogares. Días después, un sacerdote anglicano designó profesoras de su parroquia para dicho trabajo.

El entusiasmo de los niños era conmovedor y contagioso. Algunos no aceptaron cambiar su liberta del domingo por quedar en clase, pero con el tiempo todos aprendieron a leer, escribir y sumar. Las historias y las lecciones bíblicas eran momentos muy esperados y divertidos de entre todo el programa de estudios. En poco tiempo, los niños aprendieron no sólo de la Biblia, sino también lecciones de moral, ética y religión. Era una verdadera educación cristiana.

Raikes, gran hombre de visión humanitaria, no sólo hacía campañas desde su periódico para conseguir donaciones de material escolar, sino también chaquetas de invierno, vestimentas, zapatos para los niños pobres, y también alimentos para prepararles un buen almuerzo los domingos. Él fue visto con frecuencia acompañado de su siervo fiel, andando bajo la nieve con su linterna en las noches frías de invierno. Raikes hacía esto en los reductos más pobres de la ciudad para llevar ropa de invierno y alimento a niños de la calle que de lo contrario morirían de frío y hambre si no se los cuidaba; los llevaba a su propia casa hasta encontrar un hogar para ellos.

Los niños se reunían en las plazas, en las calles y en las casas particulares. Raikes pagaba un pequeño salario a las maestras necesitadas; otra sufragaban sus propios gastos. Había también altruistas de la ciudad que contribuían con este noble esfuerzo.


MOVIMIENTO MUNDIAL

Al principio Raikes encontró resistencia a su trabajo entre aquellos de quienes menos lo esperaba, los líderes de la iglesia. Ellos pensaban que Raikes estaba profanando el sagrado domingo y sus iglesias con niños todavía no educados. Pero hubo a estas alturas unas iglesias que abrieron sus puertas para clases bíblicas, al ver el efecto saludable que éstas tenían en niños y jóvenes de la ciudad. Grandes hombres de la iglesia como Juan Wesley, fundador del metodismo, se integraron luego con entusiasmo a la buena obra de Raikes, considerándose así uno de los trabajos más efectivos para la enseñanza de la Biblia.

Las clases bíblicas comenzaron a propagarse rápidamente por ciudades vecinas y finalmente por todo el país. Cuatro años después de su fundación, la Escuela Dominical contaba con más de 250 mil alumnos, y al fallecimiento de Raikes, en 1811, tenía más de 400 mil alumnos matriculados.

La primera asociación de la Escuela Bíblica Dominical fue fundada en Inglaterra en 1785, y en el mismo año también la unión de las Escuelas Bíblicas se fundaba en los Estados Unidos. Aunque el trabajo había comenzado en 1780, la organización de la Escuela Bíblica de carácter permanente data desde 1782.

El 3 de noviembre de 1783 se considera la fecha de fundación de la Escuela Bíblica.

Entre las iglesias protestantes, la Metodista se destaca como precursora de la obra de educación religiosa. En gran parte esta visión se debe a su dinámico fundador, Juan Wesley, que vio el potencial espiritual de la Escuela Bíblica y lo incorporó luego al gran movimiento bajo su liderazgo.


Ruth Doris Lemos es una misionera norteamericana destacada en Brasil; periodista y profesora de Teología.


Extraído de la revista Educador Cristiano – Año 1 N° 1

 

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