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El sufrimiento... ¿herramienta divina?
Marcos Vidal

El sufrimiento... ¿herramienta divina?

 


De esta manera, se ha difundido una imagen distorsionada de lo que es realmente el cristianismo, hasta el punto de que, aun en nuestros días, muchas personas, cuando se les habla de Dios, tienen una especie de retrato robot en sus mentes, que constituye para ellos el prototipo del cristianismo verdadero y que suele ser, más o menos, una persona cohibida, despistada, con algún complejo de inferioridad, con cara de circunstancias y, casi siempre, con un coeficiente intelectual muy bajo.
Y en esas condiciones, uno puede comprender bien el rechazo de la gente. Si eso es lo que el cristianismo ofrece, ¿quién en su sano juicio puede desear ser cristiano? No es extraño que la religión se haya tenido que abrir paso a través de la fuerza y de la tortura. Y el daño ha sido tan grande que, aún hoy, cuando la religión ya no tiene el poder político que tuvo en otros tiempos, muchas personas siguen rechazando a Dios, sencillamente porque todavía viven presa del temor al sufrimiento. Todavía está demasiado presente en ellos la imagen deformada del cristianismo que, durante siglos, han estado recibiendo.

Como contrapartida, esto ha provocado que muchos cristianos sinceros, en este último tiempo, se levanten con más osadía que antes y reivindiquen la verdad. Cada vez son más los que alzan la voz y proclaman a los cuatro vientos que el verdadero cristianismo es otra cosa, que no tiene nada que ver con esa imagen deteriorada que la religión quiso imponer en el pasado. Este mover ha venido, en ocasiones, acompañado de un derramamiento genuino del Espíritu de Dios, en algunos lugares de una forma realmente extraordinaria, hasta el punto de que muchas personas han venido al conocimiento del Señor Jesucristo a través de la predicación del evangelio. El auge de la música cristiana moderna ha tenido y sigue teniendo una función importantísima en todo ello. Las personas se gozan en la presencia de Dios, en medio de un ambiente de alabanza y adoración que ya nada tiene que ver con aquellas expresiones pálidas y tristes que, en otro tiempo, eran representativas del cristianismo. Y al margen de la bendición que esto ha traído, existe el peligro de que, casi sin saberlo y sin quererlo, se haya constituido una especie de frente defensivo, cuyo único objetivo sea seguir lanzando a la sociedad, de una forma subliminal, el mismo mensaje: “Que el cristianismo es vida y alegría, y que el cristiano de verdad es la persona más feliz del mundo.” Y en ese empeño, nos esforzamos por demostrarle al mundo que los cristianos no somos beatos, que sabemos pasarlo bien, que no somos incompetentes, que tenemos profesionalismo y éxito, y además, somos radicalmente felices.

Pero el verdadero problema surge cuando no somos conscientes de la inercia que nos arrastra porque, antes de que podamos reaccionar, es posible que volvamos a ser víctimas de la ley del péndulo y nos encontremos, de repente y sin desearlo, en el otro extremo.

El peligro de una teología triunfalista
Es habitual, hoy, escuchar desde los púlpitos la proclamación de un evangelio que se centra, casi exclusivamente, en traer felicidad al ser humano. Se invita a las personas a aceptar a Jesús, porque El es la solución a la soledad, a la depresión y a la enfermedad, en otras palabras: “Si quieres ser feliz, abre a Jesús la puerta de tu corazón”; “Si quieres ser sano, ven a Jesús”; “Si quieres ser sano, ven a Jesús”; “Si quieres tener éxito en tus negocios, dale tu corazón a Cristo”; y la respuesta suele ser masiva, porque, ¿quién no desea la felicidad?

Pero sobre esa base, el siguiente paso es la constitución de una teología triunfalista, en la que todo gira en torno al gozo del Señor y se descuida todo lo demás. El cristiano es una persona exitosa, abierta, atractiva y alegre, por definición. Y con ello llegamos a la conclusión de que una persona que tiene problemas serios o atraviesa por momentos de tristeza, no tiene al Señor. “No puede estar triste un corazón que tiene a Cristo”, por lo tanto, si hay problemas, probablemente habrá pecado oculto; si hay una enfermedad, tendremos que ministrar liberación; si hay tristeza en el corazón, debemos buscar una causa espiritual, porque “el que tiene a Cristo tiene alegría” y el cristiano verdadero va “de gloria en gloria y de victoria en victoria”.

De todo ello se puede deducir que el que sufre o tiene enfermedad, no solamente carece de fe, sino que además, está en pecado, y por lo tanto, está condenado. De hecho, si su situación no mejora, es porque no ha habido un verdadero arrepentimiento en su vida. Y de ahí a la ideología Nazi, de la creación de una raza perfecta y la destrucción de los débiles, solamente hay un paso, porque cuando Jesucristo pierde la centralidad en nuestro mensaje, nos acercamos peligrosamente al sectarismo. Y entonces, damas y caballeros, bienvenidos al extremo opuesto, abróchense los cinturones y disfruten del paisaje porque, a partir de ahora, cualquier cosa es posible.

El mensaje del Maestro
El verdadero evangelio de Jesucristo no está basado en un pacto bilateral de entrega-felicidad. Si predicamos a Cristo como una especie de “elixir de la felicidad”, invitando a las personas a buscar a Dios para remediar sus penas, estamos adulterando el evangelio.

Las personas deben aceptar a Cristo, no para ser más felices o para curar sus males, las personas tienen que aceptar a Jesús, cueste lo que les cueste, porque si no lo hacen se irán al infierno. Ese es el mensaje. No se trata de un descuento atractivo, ni de una oferta tentadora, -“y si no funciona le devolvemos su dinero”. Y hay que leer bien todas las cláusulas del contrato porque es para toda la vida, y tienen que comenzar sabiendo que seguir a Cristo les costará todo lo que tengan, porque El lo pide todo.

Esa es la razón por la cual hay muchas personas desilusionadas o desencantadas con el evangelio. Alguien les prometió que si aceptaban a Jesús se les terminarían todos los problemas y sufrimientos, serían absolutamente felices y ningún mal les tocaría, así que dieron el paso con todo su corazón, pero cuando comenzaron a venir los primeros problemas, también llegó la decepción, la confusión y el sentimiento de culpabilidad.

Jesús dijo: “Las zorras tienen guaridas y las aves de los cielos sus nidos, pero el Hijo del Hombre no tiene dónde recostar la cabeza”. ¿Qué diríamos hoy si Jesús nos mirase a los ojos y nos respondiera lo mismo que les dijo a aquellos hombres que deseaban seguirle y servirle sinceramente? El nunca suavizó o diluyó su mensaje para conseguir que el número de seguidores aumentara. Al contrario, El fue duro y claro al hablar del precio que había que pagar. Cuando tenía a las masas en sus manos, les acusó de seguirle solamente por los beneficios que les ofrecía (Juan 6) y les ofendió de tal manera, que dejaron de seguirle. Pero no solamente no le importó, sino que además, se volvió a los doce y les indicó que, si lo deseaban, podían marcharse ellos también. El conocía bien el precio, y sabía también que no todos estarían dispuestos a pagarlo.

La perspectiva correcta
Nuestro problema, hoy, es que estamos acostumbrados a medir el éxito de una persona con base en los resultados visibles, funcionalidad, cifras edificios y agenda. Pero resulta que el baremo de Dios está construido sobre otros valores que nos atraen menos, y por eso intentamos conseguir estas cosas. Hemos desarrollado más una mentalidad de “siega” que de “siembra”, porque nos importan más los resultados y lo que puedan pensar los hombres, que lo que piensa Dios. Huimos de todo aquello que nos causa dolor o que nos es incómodo, aunque sabemos que deberíamos detenernos y confrontarlo, pero preferimos mantener nuestra actividad y conservar nuestra imagen de “cristiano victorioso” y, lo que es peor aún, hasta llegamos a creérnoslo. Queremos ignorar que el sufrimiento es una de las herramientas a través de las cuales Dios nos habla y nos forja más a su imagen, al calor de su horno.

Personalmente, y esto no es algo que me guste mucho decir, tengo que confesar que los momentos en los que más cerca he sentido al Señor, han sido precisamente los momentos en que, humanamente, más he sufrido. Porque cuando todo va sobre ruedas y me siento bien y puedo ver con claridad la bendición de Dios en todas las áreas de mi vida, corro el peligro de atribuirme a mí mismo el mérito y la gloria. Pero en las horas más duras, cuando el sufrimiento es mayor, cuando no sé si es una prueba del Señor o si es el enemigo intentando derribarme, cuando no entiendo la voluntad de Dios, es ahí donde he encontrado –en Su presencia- la reserva de gozo y de alegría más grande que jamás he conocido, y que aquellos que nunca han sufrido ni siquiera sospechan.

No pretendo hacer una apología del sufrimiento, pero en estos tiempos, cuando los mensajes publicitarios nos bombardean constantemente, con las técnicas más sofisticadas y seductoras de la ley de la oferta y la demanda, es importante recordar otra vez que el evangelio es otra cosa. Pasajes como Mateo 5:11-12, Romanos 8:17, 12:15b; Filipenses 1:29, 2ª. Tesalonicenses 1:5, 2ª. Timoteo 1:4, 2:3, 2:12, 3:10-12, y muchos otros, no son muy populares hoy, pero representan la realidad del cristianismo vivido hasta el límite. Hoy se percibe mucho más la sensación que “cuanto mejor nos vayan las cosas, mejor testimonio de Cristo estamos dando”. Pero sólo la eternidad revelará cuánto terreno espiritual nos ha hecho perder esta mentalidad. Creo que una mirada a Jesús en el Getsemaní puede sernos de gran ayuda para entender que la voluntad perfecta de Dios en nuestra vida siempre significa la muerte de nuestra propia voluntad, y eso, casi nunca es fácil, y casi siempre implica sufrimiento.

Pablo dice en Filipenses 4:13, “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece”. Esta proclamación de victoria, lejos de lo que algunos piensan, no nos ofrece la imagen de un hombre que desconoce el dolor. Por el contrario, nos muestra a un siervo de Dios, que reconoce haber pasado por diversos sufrimientos, algunos de ellos realmente terribles, pero que da testimonio de que en Cristo lo puede soportar todo. Y estas palabras, en boca de un apóstol del calibre de Pablo, nos presentan la postura perfectamente equilibrada de un hijo de Dios, ante la realidad del sufrimiento.

Cuando leo la Biblia, descubro que todo hombre y toda mujer que quisieron hacer la voluntad de Dios, tuvieron que pagar un precio. Algunos de ellos pagaron un precio muy alto. Puede que una lectura de Hebreos 11:32-40 o de 2ª. Corintios 11:23-33, logre refrescarnos algo la memoria y nos haga aterrizar de nuevo para ayudarnos a comprender una vez más que estamos en los brazos de un Dios real y verdadero, que nos ama, y que nunca nos prometió un viaje sin incidentes, pero que sí nos prometió que, a través del valle de sombra de muerte, El estaría con nosotros siempre.

Tomado con permiso de la Revista IPI Año 7 – Número 34

 

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